
Ubicada en Amatitlán, esta vivienda surge del deseo de habitar un entorno natural privilegiado y establecer una relación directa con el paisaje del lago y el Volcán de Agua. El proyecto se concibe a partir de una arquitectura que se integra con su contexto, donde la orientación, las visuales y la topografía definen la organización espacial.
La casa se estructura alrededor de un gesto principal: enmarcar la vista hacia el volcán y convertirla en el eje articulador del proyecto. Los espacios sociales se abren hacia este paisaje mediante una secuencia de terrazas, plataformas y áreas exteriores que diluyen el límite entre interior y exterior, promoviendo una experiencia de habitar conectada con el entorno.
La materialidad responde a esta intención de integración, utilizando concreto aparente, piedra natural y madera como materiales principales. Estos elementos aportan solidez, textura y calidez, dialogando con el carácter del lugar sin competir con el paisaje circundante. La paleta material busca una expresión sobria y atemporal, donde la arquitectura se percibe como una extensión del sitio.
Uno de los elementos centrales del proyecto es la piscina elevada, concebida como una plataforma que se alinea visualmente con el lago de Amatitlán, generando una continuidad entre agua, horizonte y volcán. Este recurso refuerza el concepto de contemplación y vinculación con el paisaje.
Más que imponerse sobre su entorno, la casa busca acompañarlo, planteando un equilibrio entre arquitectura y naturaleza. El proyecto propone una experiencia espacial basada en la pausa, la observación y la relación sensible con el paisaje, donde cada espacio se diseña para enmarcar, habitar y potencia



















